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Diga usté que sí, señora!

Se acabó la juventud, señora. Al menos la que resulta insultante, hormonal, desmedida… y envidiable. Nos vamos a los treinta, la década para sentar la cabeza. En los cuarenta lo que sientas es a tus hijos en el regazo, y a los sesenta, a los nietos. Esto va disparao. Aterroriza pensar que hemos gastado un tercio de nuestra previsible existencia, aunque si la auditamos, seguramente haya más cosas buenas que malas. De hecho, lo que nos resta de vida va a depender mucho de lo que hayamos hecho en ese primer periodo. Así hayamos estudiado, trabajado, embarazado e hipotecado nos irá de ahora en adelante.

Treinta. Y yo me sigo viendo estupendo, se lo aseguro. La tripa la traía de antes, así que esa no cuenta. Y de arrugas, ni hablamos. Piel tersa como el culito de un niño. Las dioptrías tampoco son cosa de la edad. Y el vicio…

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