En defensa de la tristeza


Estar triste como un derecho

Diga usté que sí, señora!

Reivindico el derecho a estar triste. Sin más. Es de justicia poder guardar la dicha en un baúl un día o dos, padecer esa sensación de pesadez y apatía que caracteriza la tristeza, que sólo podemos combatir con la responsabilidad y la profesionalidad. Y a veces, ni siquiera, porque no te apetece ser ni responsable ni profesional, sino dejarte llevar y abrazar la nada, la desgana.

Reivindico el derecho a estar triste a pesar de tener un trabajo, un sueldo digno, una vivienda decente, coche, una estantería llena de libros, la nevera repleta, varias botellas de vino, una salud aceptable y haberle ganado el derbi al eterno rival mediante un mangazo arbitral.

Reivindico el derecho a estar triste y a elaborar un relatorio de miserias y decepciones recientes y añejas, a recopilar nuestros fracasos, a enfrentarnos a la realidad que nuestra memoria a corto plazo desecha y almacena en el…

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